Se levantaba, iba a trabajar, comía con sus amigos, hacía deporte. Tenía mil motivos para estar contenta con su vida. Pero no es suficiente. Nunca lo es. Basta con tener un solo motivo de tristeza, de angustia, para que todo se derrumbe.
Se levanta. Trabaja y lo hace bien. Come con sus amigos y se ríe con ellos. Hace deporte y es la mejor en ello. Llega a casa y llora. Llora todas las noches hasta quedarse dormida. Porque es todo una fachada. Porque los demás sólo conocemos lo que ella quiere que conozcamos. Los demás pensamos... No, los demás sabemos que ella no puede hacerlo mejor. No por falta de capacidad, sino porque ya no queda nada que mejorar. Pero ella llega a casa y llora.
Y cuando por una milésima de segundo, ella tenga un momento de debilidad y lo demuestre, todo lo que creías sobre su vida se derrumbará.
Ahora sólo me queda abrazarla. Abrazarla hasta que eso que la persigue se vaya, la deje en paz para que ella pueda volver a ser feliz por sus mil motivos. Hasta que esa sonrisa que tan acostumbrado estás a ver, vuelva a ser de verdad.