"Encadeno pasos eternos. Yo, marchito, impenetrable, fugaz. Busco desesperadamente el abrelatas de tu corazón para encontrar el hueco que me pertenece, vacío, como se quedó mi cama cuando te fuiste. Anhelo de tiempos pasados en que tus ronquidos me impedían dormir, y tus besos despertar. Camino cien metros. Furtivo y lejano. Ando y ando tras tu estela, pero estás lejos, más lejos que antes. Desisto de sueños inalcanzables. Vuelvo a estar de nuevo tras mi ventana al mundo. Cristalina me deja ver las olas que a las afueras rompen soledades, deshojan margaritas a razón de segundos perdidos.
A ráfagas huele a chocolate blanco desligado entre las nubes azules. Suenan guitarras celestes de entre los rayos de sol que las puertas del infierno dejan pasar, y en el horizonte veo banderas que me evocan al pasado, cuando éramos uno. Cae la noche en la rue morgue y el gorila gigante se convierte en un hombre con bombín que trata de venderme el mundo en una enciclopedia de libros sin letras, de páginas en blanco. Reniego de él, y me propongo encontrar la plaza en la que quemarme vivo. Despierto, y la cama sigue vacía, la almohada me pregunta por ti, y yo le respondo que ya no estás, y que no vas a volver. Se echa a llorar, y en mi intento de consolarla suena el despertador. Buenos días, bienvenido a la vida de nadie.
Siempre serás mi asignatura pendiente, la que nunca aprobé en septiembre..."
Que si no te gusta Marisol, la llamamos Lucía - Miguel Ángel Herranz