Un amigo me dice que le resulta mucho más difícil escribir cuando es feliz, y no voy a ser yo quien le lleve la contraria. En esos momentos tienes muchísimo de lo que necesitas desahogarte, mil historias y recuerdos de los que tirar y una sensación de vacío que hay que llenar de alguna manera.
En cambio, hay otros momentos en los que te vuelves tonto. Sin ir más lejos, yo ayer miré el móvil ochocientas veces preguntándome si ya podía escribirte, o si todavía era demasiado pronto. Lo que es peor: cuando me decidí a hacerlo, en dos minutos pase por ochenta estados de ánimo, en setenta y nueve de los cuales pensaba que habías cambiado de opinión, y en el que queda decidí que eras un cobarde por haber desactivado la opción de ver tu última conexión.
El motivo por el que muchas veces me (nos) resulta más complicado escribir cuando somos felices es porque todavía no tenemos una historia que contar. Nos encontramos en medio de una carrera en la que las cosas se suceden tan rápido que estamos concentrados en absorber hasta el último detalle de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Estamos concentrados en poder reaccionar a tiempo para prolongar al máximo esa tensión que nos mantiene en vilo. Al final, es incómodo tener que dejar una historia sin acabar de escribir el final.
¡Qué faena esto de no poder escribir!
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