lunes, 23 de enero de 2012

La ley de la selva

    Hay momentos en los que, cuando lo estás pasando mal, la tomas con alguien. "¡Pero si es feísima!", "Seguro que es una guarra" y "No sé qué ha podido ver en ella" son tres de las modalidades más utilizadas. Pero no son las únicas que existen. ¡Qué va! Si una mujer (y algún que otro hombre) puede ser cruel, es en momentos como este. 

    La imaginación, y sobre todo, el ingenio, se disparan. Los sentidos se agudizan para poder observar mejor cada movimiento de la presa hasta que muestre su debilidad. Y en ese momento, atacar. A algún lector  esto le podría parecer una exageración, pero no se equivoca si al leer este texto, se ha imaginado un animal que está de caza. Puede parecer cruel, porque es fácil ponerse en el lugar de la presa. Al fin y al cabo, las gacelas son herbívoras, no le han hecho nada a la leona. Pero no es tan sencillo como parece, porque nos estamos equivocando de animal. (Ojo, que no tengo nada contra las leonas, también tienen que comer. Y quien no me crea, que vea El Rey León: también tienen sentimientos)

        Este animal no ataca para comer, ataca para protegerse a sí mismo. Es un instinto de supervivencia puro y duro. Ya no queda un territorio que defender, está todo reclamado. Sólo queda atacar, para seguir adelante y endurecerse. Sobre todo, endurecerse. No vaya a ser que se dé cuenta que quizá las cosas no son así. Que quizá fue ella quien dió un paso en falso, o que simplemente, se ha equivocado de presa.

    Pero entonces, ya no estaríamos hablando de la ley de la selva.

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