Hay una cosa que nunca te quise confesar: Que acabé creyendo en la magia. No en los juegos de cartas que te sacan una sonrisa en una noche en la que no tienes nada mejor que hacer. Yo acabé creyendo en la Magia.
Que todo era tan fácil como decir tu nombre y todos mis problemas se irían durante un rato, que con hacer un poco el payaso sería feliz toda la vida, que un simple abrazo de oso me sujetaría hasta que pudiera volver a andar sola y que un chiste malo provocaba una risa que curaba hasta la más letal de las enfermedades.
¿Y ahora? ¿Qué tengo que creer ahora? ¿Que la magia se fue con el mago? ¿O que simplemente está esperándome en otro sitio, para poco a poco, ir indicándome el camino?
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