El verano puede durar meses. Puede durar una semana. Puede ser un fin de semana. Porque al final, no se va a medir en los días que pasan de un solsticio al siguiente, ni por los que has tenido de vacaciones. El verano son todos esos recuerdos que se acumulan a la vuelta de la esquina y te sacan una sonrisa.
Verano es salir a andar por la playa prontito por la mañana cuando solo se oyen las olas. Es que el ambiente de casa sea más similar a un psiquiátrico con overbooking que al de un sitio al que se va a descansar. Es el abrazo del ¡Por fin estás aquí! y del "Esta noche hay una fiesta, y tú y yo nos vamos a colar". Es enamorarte cada vuelta de la esquina, sea delgadito y moreno o grande y fuerte. Es esa tensión no resuelta que podría dar luz a toda una ciudad.
Verano es acabar desayunando a las ocho de la mañana porque te han liado, y que sea verdad. Es soportar a tu amiga que pregunta cada cinco minutos por un capricho que se le pasará en cuanto se cruce con otro. Y volverá a empezar.
Es mirar alrededor y darte cuenta de que ya se ha pasado. Y morirte de ganas de que, aunque sea en otra estación, todo vuelva a empezar.
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