miércoles, 18 de septiembre de 2013

Y llorar.

Al principio no lo entenderás, pero cada grano de arena se convertirá en una montaña a escalar, y cada paso llegará a ser más duro que las doce pruebas. 

En dos meses da tiempo a mucho. A estar en shock, darse cuenta, hundirse, apoyarse en los amigos y volver a levantarse. Seguir adelante, un paso tras otro. Conseguir que todo acabe.

Y volver a entrar en shock, a no sentir absolutamente nada que no sea puramente físico.

En dos meses sin llorar da tiempo a mucho, aunque no lo parezca. A que el miedo se convierta en tensión en la espalda. A que el odio pase a ser indiferencia. A echarte la culpa, echársela a él. y no querer que sea de nadie. A engañarse mucho y muy bien. A que la sonrisa pase a ser una risa histérica, la rabia sean ganas tremendas de hacer deporte y una gotita de agua, un vaso en el que ahogarse.

Hasta que te pongas una película de llorar y tengas que parar un rato. Porque el llanto ha dejado de ser porque la protagonista se esté muriendo y ya nadie pueda salvarla. Porque durante un rato has estado a oscuras en tu habitación y has vuelto al coche de Lucas a llorar. Te has apoyado en él y le has contado que no ha cambiado nada desde antes de verano pero que algo no sigue igual, y a pesar de ello no va a haber consecuencias para nadie excepto para ti y para tu familia. Nadie va a ir a la cárcel y nadie va a pagar por todo lo que ha hecho. Porque nada de eso solucionaría lo que pasa, si es que sigue pasando algo. Pero ya no puedes parar de llorar sin un motivo en concreto.

Te abraza y todo vuelve a ser normal. Los monstruos no atacan cuando él está cerca. 

Ya puedes darle al play y seguir con tu película. Aunque la protagonista no se vaya a curar. Por fin sabes por qué vas a llorar, y cuando acabe la historia, no será tan difícil poder parar

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