Podríamos
dibujar el tiempo de forma bastante similar a un árbol. Tenemos un tronco
central en el que empezamos a avanzar, y cada una de las ramas es una decisión.
No tenemos la opción de dejar de subir, porque el tiempo no puede parar, así
que cada vez que vamos a una rama, dejamos de tomar todas las demás.
Muchas
veces nos dejamos llevar por la inercia para no tomar una decisión, pero no es
más que un engaño que nos apetece creernos. Las ramas no dejan de pasar porque
nosotros cerremos los ojos, seguirá habiendo caminos a los que ya no podremos
volver y nos dirigiremos a un destino en el que simplemente nos estamos negando
a pensar. Otras veces intentaremos parar, y haremos todo lo posible para
mantenernos en el desvío manteniendo un equilibrio que cada vez es más
imposible.
Quizás
en un futuro tenga suerte y se crucen varias ramas. Habrá pasado el tiempo, y
tendré otra oportunidad. Veré que me he equivocado al juzgar, que mi decisión,
o la falta de ella, no fue la correcta y esta vez tiene remedio. Gracias a eso
tendré el apoyo de los que me rodean y será más fácil.
Ahora tengo miedo. Y ninguna de las dos ramas que tengo delante es una rama
feliz.
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