Estamos en clase. El profesor nos cuenta algo sobre una economía de Robinson Crusoe y un tal Solow. Miro la pizarra y... Espera. ¿Y todas esas ecuaciones? ¿De dónde han salido? Mi cara mientras intento descifrarlo debe ser un poema. Miro el papel. Sigue en blanco. Lógico. Lo que pone en la pizarra seguro que es una broma. El profesor podría estar contándonos su vida en ecuaciones y muy pocos de la clase se enterarían. Para demostrármelo, miro a mi alrededor. Unos atienden. Otros copian con la misma cara que tenía yo hace un momento. Más de los que deberían, miran el móvil. Algunos aprovechan para estudiar otra asignatura. Un chico lee el Marca en el ordenador. Tiene las diapositivas abiertas en segundo plano por si acaso.
La verdad es que me iría de clase. Pero no creo que levantarme e irme en medio de una explicación sea una buena idea. Así que cojo mi folio en blanco y huyo por otra vía.
Y esta vez... ¿Dónde quiero huir? Piensa, piensa... ¿Un paseo por la ciudad? No, eso lo puedo hacer cuando salga de clase. ¿Un cuento de dragones y príncipes azules? No, este año los principes azules han desteñido tanto que parece que se me ha explotado un rotulador de tinta indeleble.
Ya está decidido. Me voy a la playa. A una playa de arena fina y agua cristalina. Donde no hay más ruido que el de las olas y las gaviotas. Me siento y escucho. Creo que es de mis sonidos preferidos. Me ayuda a pensar con claridad, a tomar decisiones y ordenar mis prioridades.
Estando ahí, hago un pacto con el futuro. Que me va a volver a mandar esos momentos de los que tanto disfrutaba. De los que me dejaban feliz durante toda la semana. Y yo voy a aprender a valorarlos y a cuidarlos.
Y eso es lo que toca esta primavera.
Disfrutar como una enana.
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